La caída del dictador Hosni Mubarak, después de 30 años de gobierno en El Cairo ha abierto muchos interrogantes y contestado a muy pocas preguntas. Su marcha del poder ha alegrado a aquellos sectores de la oposición que habían presionado durante tanto tiempo para lograr su renuncia pero eso no garantiza el establecimiento de una democracia en Egipto. Las potencias occidentales que antaño habían apoyado al régimen le retiraron el mismo después de las grandes protestas en su contra y parecen haberse convertido en una suerte de adalides de la democracia en una forma no vista desde la Agenda de la Libertad de la Administración Bush. Sin embargo, lo que hoy es fuente de regocijo bien puede convertirse mañana en un problema estratégico de consecuencias incalculables. En el dilema moral que suponía elegir entre las libertades de los egipcios y la seguridad de los europeos, nuestros líderes parecen haber elegido lo primero, tratando de mantener en cierta medida la segunda dimensión. En este momento se abren grandes interrogantes para todos.
En primer lugar cabe preguntarse por la actitud del propio ejército egipcio, actor nada proclive a veleidades democráticas cuando la seguridad del país o los equilibrios regionales están en juego –máxime ante los desafíos de Irán o los fundamentalistas-; de hecho, los sucesivos presidentes egipcios Nasser, Sadat y Mubarak proceden de sus filas. Mubarak no es el régimen, el régimen es el ejército. En segundo lugar y si efectivamente se producen unas elecciones relativamente libres hay muchas posibilidades de que agrupaciones como los Hermanos Musulmanes obtengan una amplia representación, dado que están mejor organizados que los partidos laicos alternativos y eso ponga en riesgo la estabilidad del Próximo Oriente. En tercer lugar, es posible que Egipto entre en una espiral de inestabilidad y precariedad económica que acabe afectando a otros Estados de la región y se abra una ventana de oportunidad para grupos aún más radicales que la hermandad apoyados por al-Qaeda.
La cuarta posibilidad, altamente improbable y farragosa sería el establecimiento de una democracia liberal en el país. Es una opción enormemente complicada dado el contexto político, social, económico y cultural existente ahora en Egipto. La economía se ha hundido, hay unas enormes tasas de analfabetismo, las desigualdades se mantienen y las instituciones –salvo que sean mantenidas por el ejército- son susceptibles de colapsar-. Una democracia liberal es una opción a muy largo plazo que requiere una enorme experiencia y unas condiciones sociales, económicas y culturales que en el Egipto actual no parecen cumplirse. Cabe preguntarse además que sucederá si en Egipto se produce lo que los pakistaníes ya han descubierto tras provocar la caída de Musharraf; que las elecciones no son una panacea que solucione sus problemas. Sería el peor servicio que se le podría hacer a la democracia pues podría acabar asociada con la inestabilidad y el caos, como ya pasó en Rusia o China. En cualquier caso, ahora solo queda esperar, ver y rezar.







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